Crianza y emigración

¿Qué nos pasa cuando emigramos con nuestros hijos?

Aterrizamos en un aeropuerto desconocido, cargados con nuestras maletas pesadas al miligramo para llevarnos todo lo posible, pero una maleta siempre viene vacía.

No podemos traer nuestra contención, la familia, los amigos, la seguridad de conocer el callejero de nuestro barrio y el aroma de la comida de nuestras abuelas.

Como afirma Marco Gemignani en este artículo de El Diario NY

“…el dejar el país de origen es una experiencia desafiante, pues es una oportunidad para crecer, pero al mismo tiempo un proceso psicológico difícil”.

Tan difícil, que muchos especialistas lo han denominado como “duelo migratorio”, pues corresponde a una situación que conlleva pérdidas emocionales fuertes, pues se dejan atrás pilares fundamentales que conforman el desarrollo de una persona como lo son la familia, los amigos y el entorno.”

Hay muchos motivos que nos motivan a migrar: desde buscar una nueva experiencia, seguridad, estabilidad económica, recursos sanitarios, mejorar la calidad de vida…y eso sin entrar en situaciones donde la decisión es motivada por razones de supervivencia, donde no entra la posibilidad de permitirnos cuestionarnos si lo hemos hecho bien o no.

Cuando migramos por decisión propia, con la sensación de que podría haber una vuelta atrás, el proceso de adaptación suele ser más controversial. Comparamos todo, nos falta la tribu originaria, nos sentimos ajenos, nos falta la pertenencia, pagamos un derecho de piso que nos parece injusto, internamente esperamos (como mínimo) seguir con nuestra vida tal y como la dejamos cientos de kilómetros atrás mientras comprobamos que la realidad dista de ese pensamiento, nos preguntamos y repreguntamos si hemos hecho bien o no, si deberíamos regresar a “casa”.

Ante esta situación puede darse que nos juntemos con gente que está en la misma situación. Es mucho más fácil socializar con pares, con historias comunes a la nuestra, con el mismo idioma, con los mismos anhelos, las mismas frustraciones.

Hacer tribu con otras familias migrantes puede ser reconfortante, pero no hay que perder de vista que estamos en una nueva comunidad y debemos intentar esforzarnos por entender su cultura, adaptarnos y participar de forma activa en la vida social porque este camino elegido por nosotros, padres y madres adultos, es la vida que hemos definido para nuestros hijos hasta que desplieguen sus propias alas para volar.

¿Y qué pasa cuando emigramos con nuestros hijos?

El discurso adulto es escuchado por los niños. Cualquier crítica hacia la nueva sociedad les puede generar rechazo y dificultad para adaptarse, cuando ellos son los más permeables en la adaptación. Los niños irán al colegio y de forma natural, harán amigos locales, modificarán su acento o idioma, reconocerán las comidas del lugar como propias aunque en casa sigamos cocinando los platos de nuestra tierra.

¿Qué sentimos cuando vemos en nuestros hijos un arraigo al nuevo lugar mientras nosotros seguimos con un pie en la línea de salida?

La construcción de los chicos en torno a nuestro discurso debe ser responsable, porque somos quienes hemos decidido tomar este camino para el grupo familiar. Deberíamos evitar cargarlos de una responsabilidad que no les corresponde con mensajes del tipo “estamos aquí para darte una vida con mejores oportunidades que las que tuve yo”.

¿Qué relato escucha tu hijo?

Siempre hay que tener respeto y consideración del caso a caso, no hay una fórmula mágica para todas las familias. Los consejos no pedidos, o incluso aquellos que buscamos en nuestra familia o en las personas que responden a nuestras consultas en grupos multitudinarios de Facebook, pueden violentarnos aún más. Necesitamos un abrazo en lugar de tanto juicio sobre nuestra decisión.

Cada (p)madre tiene una caja de herramientas, somos individuos singulares, con sus mochilas, sus caminos, sus historias. Podemos valernos de experiencias ajenas pero debemos encontrar nuestras propias herramientas para construir nuestra nueva vida.

El proceso de adaptación implica respetar y valorar a la comunidad que nos abre sus puertas, con sus condicionantes y particularidades. Deberíamos revisarnos para ver cuántas veces culpamos al otro de nuestras dificultades, cuántas veces las llevamos al terreno personal.

Tengo pacientes argentinos viviendo en USA o en Europa que me comentan de forma recurrente que no hacen amigos porque la gente es más fría, porque nunca los invitan a sus casas. Se sienten desplazados física y emocionalmente.

El camino para desasociar este duelo emocional de lo personal quizás sea entender que la forma de relacionarse en Boston o en Madrid es diferente a la costumbre argentina de tocar el timbre y subir a tomar unos mates porque pasábamos por ahí, que en otros países se socializa en torno a unas cervezas en el bar, que no se saludan con un beso o un abrazo al llegar y al despedirse. No va contra nosotros, esa sociedad funciona así.

Claro que tenemos derecho a extrañar nuestras costumbres y mostrarnos vulnerables frente a nuestros hijos, pero siempre desde el entendimiento de que somos nosotros quienes, por alguna razón, llevamos al grupo familiar donde estamos y sin perder de vista que podemos mejorar para aprender a relacionarnos y funcionar como allí se hace, sin dejar de ser quienes queremos ser.

Como dice el refrán “donde fueres, haz lo que vieres”.

Nuestros hijos, seguramente, tendrán un proceso de adaptación rápido y espontáneo. Acompañemos esa facilidad sin cargarlos de temores, arrepentimientos, rechazo y responsabilidad.

La tecnología nos abre muchas puertas que hasta hace bien poco eran impensables. Podemos tomar un café con nuestros hermanos gracias a Skype. Podemos mantener parte de la cotidianeidad con nuestra tribu originaria usando whatsapp. Podemos participar en tribus online, como mi grupo de Facebook, donde compartir, sentirnos escuchados y acompañados. Incluso podemos asistir a tribus presenciales (en breve compartiré en mi web las que dinamizaré en diferentes ciudades de España, Argentina y Estados Unidos).

Pero en paralelo debemos ser consecuentes y trabajar en nuestra adaptación para insertarnos en la nueva comunidad y, si necesitamos un espacio propio para trabajar nuestro duelo emocional, buscar ese apoyo terapéutico que dé lugar al desahogo para facilitarnos la transición.

La maleta vacía no volverá a llenarse del mismo contenido, pero somos nosotros quienes decidiremos mantenerla así o cargarla de nuevas relaciones, de una nueva tribu, de una historia feliz junto a nuestros hijos.

¿Qué herramientas utilizaste para empezar a insertarte?

¿Cuáles son las mayores trabas que viviste o sigues viviendo con respecto a tu adaptación al nuevo lugar y tu rol como (p)madre?

Cuéntame. Hagamos tribu.

Firma de Psicóloga Charo Poggi

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Imágenes propias y Freepik

3 comentarios en “Crianza y emigración”

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